24/4/12

CAPÍTULO 2 La tara del tecno-dilei


El pelotudo se demoró en pelotudeces y de pronto vio que se le iba la mañana y seguía en La Plata, pelotudeando. Qué pelotudo, pensó, y apuró la última pelotudez que estaba haciendo y enderezó la nave (frase del Bambino que el pelotudo repite siempre tratando de imitar el tono del DT, cosa que no logra y lo hace quedar como un pelotudo) hacia la rotonda de 32 y 120 para tomar el maldito bondi que lo llevaría, como cada puto día, al faquin microcentro porteño, donde trabaja, como tantos platenses hermanos de logia (la logia de los pelotudos que destinan de tres a cuatro horas diarias más al trabajo porque llegar al trabajo les demanda de hora y media a dos horas y otro tanto tardan en volver).

Bajo el sofocante cielo medio gris pero sofocante igual de la media mañana febrerina, con su traje -esta vez el traje era gris claro, lo que, para quien sólo viera la secuencia de las últimas 48 horas (traje oscuro un día, traje claro al otro), el pelotudo estaba evolucionando, pero no: era casualidad-, su corbata y sus medias horneándolo a fuego fuerte –un gotón de medio litro tipo suero de solución salina le recorría la espalda y se alojaba entre sus nalgas, ahí donde la humedad se instala y listo, chau, no se va más y se convierte en pestilencias bravas, hedores de destrucción masiva- se acomodó en la parada del micro con medio cuerpo a la sombra y medio cuerpo al sol. Tres pasajeros ocupaban la sombra del refugio y le dejaban a él una mínima porción clausurada por un perro callejero que dormía ahí, en el piso –hay perros pelotudos, también, que duermen en verano sobre baldosas ardientes. Se sintió un pelotudo al reconocerse despojado de su derecho a la sombra por ese can pulgoso y hasta pensó en sacarlo a patadas, pero se reprimió ante la remota pero no por eso descartable posibilidad de estar compartiendo la parada con uno de esos pelotudos que aman a los animales más que a ellos mismos y se imaginó cagándose a trompadas al rayo del sol y entonces pensó que mejor era medio cuerpo al sol pero quieto y sin riesgos de lesiones. 

Le pasaron dos cosas que le recordaron su condición de pelotudo:

1) Se puso a leer y responder un mensaje de texto y por estar mirando el teléfono perdió un bondi. Qué pelotudo, pensó, y lo pensó en voz alta, y uno que tenía al lado que esperaba otro micro lo miró, apretó los labios y meneó la cabecita de un lado al otro como coincidiendo, como pensando: y sí, flaco, sos bastante pelotudo.

2) Después de unos cuantos minutos más con medio cuerpo al sol y ya con los huevos hechos sopa, alcanzó a montarse sobre el colectivo. El pelotudo se había olvidado de sacar el pasaje de la billetera, pero estaba seguro de tenerlo ahí. El micro comenzó a rodear la rotonda y el pelotudo, al tiempo que empezaba a disfrutar el aire acondicionado, comenzó a desesperar al notar que el faquin pasaje no estaba en la faquin billetera. ¿En el bolsillo del traje (el oscuro) del día anterior? ¿En el auto? ¿Nunca lo compró? Cómo saberlo. La cosa es que, quedando como un pelotudo frente al resto del pasaje, se dirigió al chofer en voz lo más baja posible –como para, al menos, no quedar como un pelotudo frente a los que venían sentados de la mitad del micro para atrás, calculó. Pará, maestro, que no tengo boleto, le dijo. Y se bajó. Si hubiese sido una película, el sonido ambiente se hubiese cortado para que el silencio reforzara la imagen del desamparo, como esas escenas en las que el viajante a dedo queda solo en medio de una ruta en el desierto de Arizona, bajo un sol del infierno y con unos arbustos raquíticos que pasan rodando por el fondo. En la película, la cámara hubiese asumido la mirada del protagonista. El pelotudo vio –con la vista nublada por efecto del resplandor, frunciendo la nariz y con los ojos llorosos y finitos como coreano rasqueteando el techo- cómo la rotonda se expandía como una llanura incandescente/infranqueable/eterna –ni un puto ombú había, como toda llanura bonaerense que se precie debería tener. Era como que la rotonda había girado 180 grados y le había dejado la parada del bondi, a la que el pelotudo debía volver, justo del otro lado, en el lejano enfrente. El pelotudo la atravesó resignado, sudado mal, cargando su portafolio –que le pesaba como elefante al hombro y le daba aspecto de visitador médico-, arrastrando los pies.

¿Por qué misteriosa razón –pensó él mismo, y esto de hacerse preguntas pelotudas, cosa que hacía con frecuencia, le parecía una pelotudez y más si para esas preguntas pelotudas no encontraba respuestas- no cargaba la tarjeta SUBE que llevaba al pedo en su billetera y se ahorraba disgustos como ése de tener que bajarse del bondi en medio del calor abrasador por no tener boleto? La respuesta la halló (¡¡Eureka!!) en su relación con la tecnología –y gritó ¡¡Eureka!! por la alegría de haber encontrado una respuesta y la dulce consecuencia de ese error: la fantasía de creer, al menos por unos instantes, que tan pelotudo no es.

El pelotudo no tiene rasgos particulares que lo recorten entre la multitud informe de pelotudos. Es un pelotudo más, ni más ni menos pelotudo que los otros. Un ni muy muy ni tan tan. Un pelotudo estándar, digamos… regular. Por eso se asume –y en este reconocimiento, en su conciencia de clase está su mejor virtud- como miembro pleno del club del pelotudo medio. No obstante, la tecnología divide aguas en esa tribu. A los pelotudos los distingue la relación con la tecnología, el comportamiento frente a la oferta vertiginosa de la espiral evolutiva electrónica, la capacidad de absorción de lo nuevo. Hay, en este campo, pelotudos opuestos, extremos –que se tocan, de todos modos, como buenos extremos, en la condición genérica de pelotudos. A saber:

1) Está el pelotudo que corre como un pelotudo a comprarse cada pelotudez que sale en el mercado y anda como una suerte de Inspector Gadget (el del dibujito que después terminó en película; una especie de detective mitad humano mitad robot ful ful equipado –saturado, podría decirse- con un aquelarre de chirimbolos que maneja con patética torpeza). El tecno-pelotudo, además, tiene 16 años de edad mental y adquiere todos los tips del llamado nativo digital: chatea en jerga y te pone tkm, okis, holis, gxs y te manda caritas amarillas para expresar tristeza, alegría, asombro y vergüenza -todos sentimientos flojitos de papeles, incomprobables e improbables, porque nadie puede pasar de la alegría a la tristeza y volver a la alegría cada dos segundos sencillamente porque ningún sistema nervioso resiste semejante montaña rusa emocional. La ligereza, el vértigo de lo efímero rige la vida del tecno-pelotudo, que tiene sensible la capacidad de amar –de amar así nomás, medio livianito- y se fanatiza fácil con cualquier pelotudez. “Diego era fanático del I Phone pero ahora se hizo re fan de… (el autor no recuerda de qué pelotudez del estilo)”, le contó una vez un tecno-pelotudo a otro sobre un tercer tecno-pelotudo, y uno de la mesa de al lado -melancólico, acaso un sucio setentista- escuchaba horrorizado y pensaba lo flojito de fanatismos que anda el mundo.

2) Y está el pelotudo con tecno-dilei, que se hace el analógico y se resiste a incorporar los chirimbolos con cara de superado y mirando como desde arriba, con permanente mueca de mordidita de labio inferior, a los tecno-pelotudos que se deshumanizan y pierden espesor ontológico con esos aparatitos que los aniñan, encima, a esos pelotudos. Pero lo que tienen, en rigor, es una tara. Se abatatan frente a lo nuevo y entran en pánico –el pánico es típico de cierto pelotudo hipocondríaco y abrumado por el mundo que te hunde y te aplasta. Suponen que lo electrónico falla seguro y lo mecánico no –la seguridad también es una aspiración de cierto pelotudo temeroso, muy del pelotudo de derechas. Que lo físico es mejor que lo virtual. Y entonces desconfían. No te confiés que perdés todo, dicen, y en vez de bacapear en un pendraiv desforestan el Amazonas imprimiendo toneladas de papel que los asfixia y un día mueren calcinados en un incendio –por pelotudos. Este pelotudo tardó años en animarse a comprar onlain, hizo dos millones de horas de cola en los bancos antes de usar el jombanquin -seguro te cagan y te quedás en pelotas/todo eso está hecho para cagarte, se jacta el pelotudo de ver la trampa en la que todos los pelotudos caerán por pelotudos- y… claro, se baja del bondi y cruza el desierto del Sahara al mediodía comiendo anchoas por no tener boleto porque la tarjeta SUBE andá a saber/seguro te falla y te deja a gamba y después qué hacés/mejor asegurarse y comprar de a varios pasajes y te quedás piola –y después anda con la billetara que le explota de papelitos, el muy pelotudo. En fin, el pelotudo con tecno-dilei llega tarde y después anda como un pelotudo asombrándose con las bondades de aparatos que sólo serían aceptados como piezas de museo por el resto del mundo –el pelotudo con tecno-dilei se copa con el Atari en tiempos de la Play 3, ponele.

En fin, pelotudos hay en todos lados. Pero hay cada pelotudo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario