No es que
el pelotudo ande por la vida alegremente como un pelotudo. Quisiera, pero no
puede. Preferiría la ligereza de la inconsciencia. La pureza de la virginidad.
Puesto a elegir, pediría que, por lo menos, lo dejaran probar el confort del
estado de gracia del pelotudo que no nota, no sabe de su condición. Ojos que no
ven… suele pensar el pelotudo, en una de esas reflexiones tan de él, tan de
pelotudo. Pero no: es un pelotudo con conciencia de clase. Se sabe un pelotudo.
Se reconoce como tal. Y eso le pesa.
La
consciencia no es una carga menor. Es una mochila –no una mochila como la que
usan ciertos pelotudos incluso vestidos de impecable traje, y se la ponen,
encima, colgada completamente, de los dos hombros, y el traje se les arruga
todo y completan el atuendo con unos auriculares gigantes como esos que usan
los tipos que trituran calles con martillos neumáticos y hablan por teléfono
con el sistema de manos libres y parece que le hablan a uno que viene de frente
pero en realidad le hablan a otro por teléfono y a uno lo asalta una pulsión
criminal.
La consciencia
es una mochila colgada de la existencia. Pesa como la gran siete –decir la gran
siete es como decir la gran puta, es como algo importante, que genera asombro,
pero no está claro el origen de la expresión (el pelotudo suele quedarse
pensando de dónde vienen las expresiones y pelotudeces así).
Así y todo,
el pelotudo se banca la carga porque en algún lado leyó o escuchó o le contaron
que la consciencia es revolucionaria. Que tener conciencia de algo malo es la
única manera de –o la condición para- pelear contra ello. Y
superarlo/arreglarlo/vencerlo. Un suponer: la consciencia de la injusticia –dice
el pelotudo hablando solo pero colocando la voz y mirando medio para arriba, como mirando más allá, repitiendo algo que leyó o escuchó o le contaron- nos permite proyectar/imaginar/soñar
un mundo sin injusticia y, en el camino de regreso, de vuelta en el mundo real,
hace que ya no podamos tolerarla, que no aceptemos la injusticia y nos
rebelemos contra ella, hagamos algo –una revolución, ponele- para erradicarla.
La consciencia de la ignominia, decía don Carlos, un pelotudo ilustre de barba
tupida que creía que los laburantes, los desposeídos, los oprimidos estaban
destinados –como el pelotudo innato a su pelotudez- a gobernar el mundo, que
ése era su futuro inexorable.
Consciente
de su pelotudez, el pelotudo se imaginó una vida de no pelotudo y ya no acepta
ser un pelotudo y busca las grietas de su existencia para fugarse de sí mismo –aunque le taladra la cabeza la voz ronca del bueno de Moris que le dice que de
nada sirve escaparse de uno mismo. Anda tramando su propia revolución, busca su
redención, pero es errático en ese camino –la pifia, digamos, no la ve ni
cuadrada. En la selva de la insurgencia, el pelotudo se enreda y anda a los
tumbos como ciego nuevo, sin rumbo, sin norte –ni sur ni este ni oeste, porque, si al menos le
embocara a un punto cardinal, por descarte podría enfilar al norte. (El
pelotudo suele preguntarse, sin la más mínima originalidad, sin inventar nada,
por qué una persona no puede tener sur en vez de norte. ¿El sur no vale como
referencia? ¿El norte como rumbo correcto es otra imposición del Imperio? ¿Es
otra obra de la tiranía del hemisferio de arriba? ¿Por qué en los mapas el
norte está arriba y el sur abajo, si la Tierra da vueltas y vueltas? ¡Mierda!,
piensa el pelotudo, achinando lo’ojo: debe ser la penetración cultural, que es
como un pijazo global, se imagina)
Ese
derrotero de pruebas y errores –todos errores, hasta ahora- lo llevó el sábado
por los circuitos insondables de la noche –o sea, de la nocturnidad, de la
juerga y el pitorreo, como decía Pepe Luí. Salió, el pelotudo, de boliche en
boliche con unos pelotudos amigos que lo arrastraron con la zanahoria de la mismísima tierra
prometida: un VIP. Sus amigos no alcanzaron a entender la relevancia mayúscula
del asunto. El pelotudo saltaría el cerco del pelotudo medio y escalaría la
ladera social hasta meterse –colarse, quizá- en el club selecto de la gente
importante –de la verimportant pipul. Pasaría de categoría, el pelotudo. Por
fin, la calabaza se convertiría en carruaje.
En la
entrada del boli de moda –jamás había entrado, el pelotudo, que últimamente
sale tan poco…- ya algo no anduvo bien. El pelotudo de la puerta no lo vio
venir y le levantó la cadenita inmediatamente, como era esperable. Esperen ahí, les ordenó con desdén, sin
mirarlos siquiera, al pelotudo y a sus pelotudos amigos, cuales cuatros de
copas, cuales dignos miembros del Club del Pelotudo Medio.
Una vez
adentro, el pelotudo se hizo paso, ansioso, sin poder asumir todavía su calidad
de verimportant, entre los plebeyos que se quedarían allí abajo, anónimos entre
los anónimos. Él, pelotudo viejo ya, tenía la pulserita verde.
En el VIP
había, efectivamente, menos gente. Lógico, pensó el pelotudo: los importantes
son menos que los pelotudos –y estaba más fresco, cosa que el pelotudo
agradeció porque el calor le mata los pies. En rigor, había muy poca gente.
Parecía el Jardín Botánico: había más gatos que público.
En el medio
del salón, deliberadamente en el centro de la escena –solo en la pista- un
cincuentón de metro y medio, calvicie disimulada por un revoleo de flecos ordenados estratégicamente y barnizados por una carmela de azabache
profundo y bigote anacrónico, con unos raros pantalones oscuros con una rayita
blanca de arriba a abajo a los costados –como los buzos de gimnasia del colegio-
y una remera negra muy ajustada que le buchoneaba la panza, se contorsionaba al
ritmo del punchi punchi, ensayaba unos pasos como de brecdans y con sus dedos
índices señalaba al diyei como los jugadores que hacen un gol y le agradecen la
asistencia al compañero que los dejó solos frente el arquero, como diciendo es todo tuyo, yo sólo tuve que empujarla –o sea, el petiso era como que le decía
al diyei que, con la música que estaba pasando, se la dejaba servida para
lucirse. El petiso estaba feliz como Riquelme –y duro como mesada de mármol,
intuyó el pelotudo. El petiso estaba confortablemente adormecido.
El paneo
también le ofreció al pelotudo la vista de un muchacho rapado, bronceado,
aburido, de musculosa y músculos, con un pantalón de esos que parece que se te
desprendió el pañal y te quedó adentro, en la entrepierna, o que… bueno, que te
cagaste encima, digamos. El pibe –pibe de treinta, mínimo- bailaba
con cadencia chilaut consigo mismo -bailaba, el verimportant, mirándose al espejo y moviendo la cabecita de arriba a abajo como asintiendo y abriendo un poco la boquita como pensando ¡uuhhh, cómo estoy!- hasta que llegó uno igualito y los dos se hacían la misma seña de
los dedos índices que le hacía el petiso al diyei. (El pelotudo recordó que el
pelotudo de la puerta eyectó hacia destinos menos glamorosos a un pibe que
intentó entrar en musculosa. Claro, no tenía los músculos ni el bronceado ni el
pantalón cagado de los del VIP, que eran musculoseros VIP por tener todo eso, y
en cambio cargaba una incipiente panza de birra, una porra descontrolada –porra
llama la madre del pelotudo a las cabelleras que crecen ingobernables, como la del Diego en el Boca del '81- y su
piel blanca como la leche. El pibe usaba musculosa por el calor. Y no aplicaba)
El pelotudo
estuvo una media hora fichando para el importantismo. En ese rato llegaron
algunos importantes más que se mezclaron entre los mininos, que les ronroneaban
con profesionalismo, con asepsia emocional. Intuyó que la fiesta, la diversión
estaba abajo, donde estaban los que querían subir. Y pensó que esta paradoja,
esta contradicción que había descubierto solito, daba para pensar una buena
moraleja, pero desistió ante la certeza de que le iba a salir una descomunal
pelotudez.
Se fue
entonces, el pelotudo, silbando bajito por la calle oscura, arrastrando los
pies, las manos en los bolsillos de su gabán. Se fue sintiéndose, ahora sí, por
fin, un pelotudo importante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario